La Guayaba y el fútbol

Fútbol y estrategia por computadora

Fútbol y estrategia por computadora

Por: Mercy Azcano   Ilustración: Juan C. Pedreira
El partido de fútbol acababa de concluir con la victoria de los panaderos del establecimiento La Brisa, nombre alusivo, al parecer, a la frescura de la dependienta que despachaba el pan y se quedaba con el vuelto, porque nunca tenía menudo.
Con 20 goles habían derrotado miserablemente a los informáticos de la empresa de proyectos La Guayaba, en un encuentro en el cual los espectadores abandonaron el estadio a los treinta minutos, para no estrangular a los ingenieros.
Como periodista, se me ocurrió entrevistar al entrenador de los informáticos, futbolista de éxito en la década del 50 que después de varios infortunados sucesos se había acogido al retiro.
Con una sonrisa de oreja a oreja, Arnaldo Remigio de la Nuez Dorada accedió a confiarme los secretos de su impresionante trayectoria. De adolescente había comenzado como pelotero en un perdido pueblito de la provincia de Matanzas, hasta que una bola desviada le dejó sin dientes, lo que lo obligó a practicar fútbol y a renunciar a los chicharrones.
Sus dotes en la cancha le permitieron en 1956 integrar las filas del Santos, club de Sao Paulo, que conquistó dos ediciones de la Copa Libertadores y de la Copa Intercontinental, cinco títulos del Campeonato del Brasil y cinco del Torneo Río-Sao Paulo.
Lo más impresionante de su labor en el club fue que enseñó a jugar fútbol y a beber mofuco nada más y nada menos que a Edson Arantes do Nascimento, conocido en el mundo entero como O Rei Pelé (El Rey Pelé). El sobrenombre de Pelé se lo puso el propio Arnaldo, según me confesó, al inspirarse en la hazaña del brasileño de conseguir descascarar en una noche las cincuenta libras de maní que se venderían al día siguiente en la Copa del Mundo.
Cuando le pregunté a mi entrevistado por qué no se le incluía en la lista de los más famosos junto a Alfredo di Stefano o Diego Armando Maradona, con modestia respondió que a pesar de su permanente presencia en el campo, el peculiar apodo de Portería provocaba la confusión de los fanáticos.
Cómo no podía faltar la interrogante de cuál había sido el día más feliz de su vida, me quedé boquiabierta al escuchar que, precisamente, hoy se había sentido eufórico con la derrota del equipo de los informáticos, entrenado por él.
Me relató que cuando los muchachos le hablaron de la posibilidad de programar en la computadora la estrategia del juego se deslumbró con las posibilidades de la tecnología.
En efecto, los ingenieros estaban “pasaos” y Arnaldo fue testigo de cómo, tras suministrarle a la máquina toda la información sobre los mejores encuentros mundiales, el aparato solito diseñó un plan que parecía infalible.
Pero una cosa es sentadito en aire acondicionado detrás de una pantalla jugando con el mouse y otra es sudar la camiseta persiguiendo un balón. Diez horas diarias de entrenamiento durante quince días solo redujeron algunas barrigas.
Hoy, día del encuentro, los once jugadores de La Guayaba se habían destacado al corretear, despavoridos, por el campo. El intento de llevar el plan teórico a la práctica, se tradujo en diez tiros fallidos y seis expulsiones por faltas. Al final, Arnaldo casi los besa por no infligirse un auto gol.
Como seguía sin entender el motivo de la dicha del entrenador, este tuvo a bien explicarme: “Este es mi día más feliz por haber librado al fútbol del virus letal que representan los informáticos, gracias a mi talento la afición no cogerá otra indigestión con La Guayaba”.

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