Lalo y las pizzas

Un perrito habanero

Un perrito habanero

Por: Mercy Azcano De guiarse por su intuición, Lalo habría regresado directo a casa aquella tarde y el primer tropiezo fue que al intentar recoger los papeles de la vivienda no pudo porque quien debía entregárselos estaba en el horario de almuerzo. Enojado, Lalo se dirigió al parqueo para retirar su vehículo. Tan pronto introdujo la llave en la puerta se le acercó el parqueador, un tipo fornido, más apto para levantar pesas que para permanecer sentado vigilando autos, todo el día. Cuando Lalo le pagó cuarenta centavos, el parqueador permaneció con la mano extendida, mientras se le coloreaban los cachetes y se le inflaban los bíceps. De ahí que nuestro hombre no tuvo más remedio que despedirse de un peso para dárselo al mastodonte que volvió a su estado normal. A continuación Lalo se introdujo en el auto y arrancó a velocidad vertiginosa. Como no había comido nada estacionó frente al mostrador de una cafetería particular dispuesto a gastar sus últimos seis pesos en una pizza. Marcó en la cola de cinco personas, aturdido por una música estridente, dirigida a atraer clientes, que retumbaba desde dos potentes bocinas. En lo que le despachaban a los otros una preocupación le asaltó: ¿se habría vuelto daltónico? Ante él desfilaban unas pizzas de masa negra como el carbón, cubiertas de un queso de sospechoso color verde y de un puré de tomate naranja, al parecer pálido de la vergüenza. -¿Y eso vale seis pesos? –inquirió Lalo, escéptico. -Vamos “puro”, deje la tacañería, que la vida es corta –aseveró el dependiente. Ya se preparaba Lalo para discutir la relación filosófica entre la existencia humana y aquel engendro culinario, cuando escuchó una voz femenina, proveniente de la cocina: -Lachy ten cuidado que te vas a quemar. -Ja, ja, ja…, seguro se trata de un chico travieso- dijo Lalo para relajar la tensión. -No, es el perro de la dueña que cada vez que se abre el horno mete el hocico y al día se come hasta tres pizzas, sin contar las que mordisquea- contestó impasible el dependiente. -¿Un perro en la cocina? –se escandalizó Lalo. -Es un perro salchicha, de los ratoneros, él nos libra de los desgraciados bichos al cazar hasta una docena de guayabitos a la semana, ¿no es un bárbaro? “Hoy he tropezado con demasiados bárbaros”, pensó Lalo, mientras se alejaba…

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