Archivos para agosto, 2009

EL SUICIDIO DE LOLA

Posted in Humor costumbrista with tags , , , on agosto 17, 2009 by mercybroma

 

BICITAXIS EN LA HABANA

BICITAXIS EN LA HABANA

POR: MERCY     

FOTOS: PERFECTO ROMERO 

La resignación es un suicidio cotidiano.

Balzac

-Hasta el de la gorrita -advirtió el conductor.

De inmediato la gente se arracimó en la puerta del ómnibus.

-Oigan, yo hablo “epañol” y bien clarito: Hasta el señor de color que tiene la gorra roja.

-No seas cuadrado, mi hermano -protestó un forzudo y empujó a Lola.

Los voluminosos senos de la mujer comprimieron al hombre de la gorra, en un intento por burlar las exigencias del implacable conductor.

-Esto no es una lata de sardinas, compadre, así que con el negro de la boina roja me “piro”  -rugió furioso el individuo, al tiempo que le aplicó una llave a la mujer para que impedir que ascendiera al estribo.

Adolorida Lola se dejó caer hacia atrás aplastando al pesista.

-Pepe arranca -fue lo último que se oyó, antes de que las puertas se cerraran en las narices de la multitud enardecida.

-La culpa fue de la gorda –susurró un viejo y  aquello le partió el corazón a Lola.

A partir de ahí comenzó todo. Un viernes 13 de septiembre, día de su cumpleaños, en la parada de la ruta cuatro, en la Habana Vieja, Lola  dejó de luchar y optó por el suicidio.

A PEDALEAR...

A PEDALEAR...

   Su volumen descomunal había sido siempre la causa de su desgracia. “Gordura es hermosura”, decían sus padres y tanto la cebaron que al ingresar en la escuela perdió el nombre para convertirse en “la gordita del grupo A, masaboba o mantecona”.

   Durante la adolescencia sufrió toda clase de vejaciones. Sus dimensiones hiperbólicas le estorbaban hasta para bailar. La celulitis le creó enemigos y le despertó un odio irracional

hacia los espejos. Sentía que la discriminaban, pero no entendía los motivos. Acaso no era ella una buena hija, magnífica estudiante y excelente persona.

   ¿Antipática? Que prueben las optimistas a conservar el buen humor si a sus senos los llaman ubres, a sus masitas, empellas y a sus muslos, perniles.

   ¿Ridícula? Como vestir a la moda cuando en las tiendas sólo hallaba ropa para flacas.

   ¿Dieta? Sus salvavidas jamás cederían a las más salvajes dietas o a las tandas de ejercicios.

   Para colmo de males, al graduarse como la mejor estudiante de la carrera de Economía en la universidad, un funcionario malicioso la ubicó para trabajar en una empresa de Pan y Dulce. Además de engordar por no resistir la tentación de unos pastelitos acabados de hornear o de unas galletitas crujientes, tenía que soportar las miradas acusadoras de todos cuando se hablaba de un faltante de harina o manteca.

   La adversidad la había perseguido durante tres décadas, pero justo aquel viernes 13 de septiembre su paciencia se agotó.  Dejaría de luchar y optaría por el suicidio, mas no un suicidio común: ahogada, envenenada o ahorcada. Lo de Lola sería el suicidio de la resignación, dejar de existir por dentro, convertirse en una muerta-viva, pura cáscara.

   Tan mal se sintió con la idea que se desplomó sobre un banco, el sudor le chorreaba por los pliegues y las costuras parecían a punto de reventar. La providencia vino en su auxilio encarnada en la figura de un chofer de bici-taxi, que le hizo una tímida señal.

-Psh, psh, oiga, sí usted misma, si quiere la llevo –gritó el individuo- ¿Para dónde va?

-Para la esquina de Toyo –contestó Lola temerosa de que se tratara de una broma pesada.

-Pues arriba, en quince minutos estaremos allá –la animó el muchacho.

   Tan pronto como Lola se acomodó en el vehículo, el chofer intentó echarlo a andar.  Tuvo que pedalear como si le fuera la vida en ello para que el bici-taxi se desplazara.  Los ojos acusadores de los transeúntes asaetearon a la voluminosa pasajera, y el chofer para disminuir la tensión se puso a tararear una canción poco conocida. Al doblar por Agua Dulce el joven sintió un sorber de mocos atrás.

 -Perdone la lentitud, es por falta de práctica –se excusó apenado.

   Lola se deshizo en sollozos, jamás nadie la había tratado con tanta delicadeza. “Ojalá no llegáramos nunca”, se decía, ansiosa por alargar aquellos gratos momentos.  Más como todo tiene un final, un frenazo la trajo a la realidad, estaban frente a la puerta de su edificio.

-¿Cinco pesos nada más? –tartamudeó incrédula al escuchar el precio de la carrera, y  le introdujo un billete de veinte pesos en el bolsillo de la camisa antes de echarse a correr.  Volvía a ser la mujer optimista de siempre: acababa de perdonar a los flacos.

   Tan pronto como el chofer del bici-taxi la vio dar la espalda desapareció y pocos segundos después aterrizó bajo tierra transformado en diablillo.  Entre las llamas Mefistófeles le aguardaba.

-Misión cumplida –dijo el diablillo extendiéndole el dinero– extenuado, pero satisfecho, he salvado al Infierno de otra gorda y encima he recibido propina.

SUDANDO LA GOTA GORDA

SUDANDO LA GOTA GORDA

EL NEGOCIO DE LAS AVERÍAS

Posted in Humor costumbrista with tags , , , on agosto 17, 2009 by mercybroma

En busca de los regalos de fin de año recorro las tiendas de La Habana Vieja. Hoy es mi día de suerte, me digo al descubrir un mostrador en el que se aglomera el público. Entusiasmada me sumo al tumulto para intentar averiguar cuál es la ganga. Solo tras recibir un codazo, y retorcerle la muñeca a un carterista consigo arribar a la línea de fuego o lo que es igual a la vidriera.
Un curioso cartel aviva la euforia de la molotera: AVERÍAS COMERCIALIZABLES. Boquiabierta y con las neuronas en shock trato de descifrar el sentido del extraño enunciado. El enemigo, personalizado en esta ocasión por una anciana angelical, aprovecha mi desconcierto para empujarme con su enorme jabuco hacia la retaguardia.
¿Averías comercializables?, significará eso que a partir de ahora hay que pagar las roturas en moneda libremente convertible. ¿Se referirá el cartel a los desperfectos de cualquier tipo?, me pregunto. Puede ser que el asunto consista en adquirir baches, teléfonos públicos rotos, tanques de la basura sin ruedas o bancos de parque sin tablillas.
En el mejor de los casos tal vez le saque provecho a mi inodoro rajado, la tubería partida del fregadero, o el escaparate con comején; el problema estriba en encontrar al incauto que aporte la plata para la transacción.
No debe ser tan difícil, lo deduzco por el gentío que batalla por comprar. Así que antes de iniciarme en el negocio observo a los triunfadores que adoloridos, pero sonrientes, exhiben sus mercancías.
El surtido es tan variado como absurdo: despertadores que no despiertan, o mejor dicho que lo mismo se adelantan que se atrasan o no suenan; cazuelas esmaltadas con severas pecas negras, síntoma de los malos tratos a los que han sido sometidas; blusas con el cuello cosido al revés o una manga más larga que la otra.
¿Cuál es el secreto atractivo de las averías?, inquiero curiosa entre el público. Todos me miran como si fuera un bicho raro y responden a coro: ¡Qué están rebajadas!