¿ES USTED INVISIBLE?

UD. PUEDE SER INVISIBLE EN EL SIGLO XXI

Por: Mercy Azcano                                                                             Ilustración: Martirena

Para ser invisible no hacen falta superpoderes, pensaba Esperanza, mientras aguardaba en la cola de la farmacia a que le vendieran un medicamento. Y es que ninguna dependiente atendía a los clientes, de tan ocupadas que estaban en una escena surrealista: tres empleadas arreglaban estantes, dos contaban los paquetes de almohadillas sanitarias, una hablaba por teléfono y la más gordita, discutía el menú del almuerzo que le había encargado a una cuentapropista.

Al comentar sus pensamientos con un veterano que esperaba sudoroso con par de recetas en la mano, el hombre se empezó a reír:

-En efecto, ahora mismo, cuando entré al Consultorio Médico, atestado de pacientes, cortésmente di los buenos días y nadie me contestó.

-La sensación de ser inmaterial es tan frecuente como molesta, ayer en el agromercado me desgañité preguntándole al vendedor por el precio de la frutabomba y este fingió estar ocupado para no responderme –corroboró la mujer- pero, además, igual me sucede cuando entro a una tienda a comprar cualquier producto, le hablo a los empleados y ellos ni se dignan a dirigirme la palabra.

-Para nosotros los viejos la cosa es peor, cada vez que salgo a la calle con mi hija, las personas en lugar de preguntarme directamente cualquier cosa, se dirigen a ella, como si yo estuviera decrépito o no pudiera hablar por mí mismo.

A esa altura del diálogo, la cola de la farmacia se había multiplicado y se producía una riña entre las que contaban las almohadillas, porque los números no daban y cada cual defendía su resultado.

Un medio tiempo, que había escuchado la conversación entre Esperanza y el anciano, comentó:

 

-Hasta la familia me hace sentirme invisible, pues al llegar al hogar, mi esposa está fajada con los calderos; los muchachos, jugando en la computadora; y mi suegra, alelada frente al televisor; así que ni se enteran de mi presencia.

-Es que ya ni siquiera a la hora de la sobremesa lo notan a uno –se lamentaba el veterano- porque con el corre-corre diario no hay sobremesa, cada cual come por su lado, con el plato en la mano.

Al escuchar esto último, Esperanza lo rebatió:

-Donde único no me siento para nada invisible es en la casa, porque desde que entro por la puerta mis hijos me están exigiendo una merienda; mi esposo me pelea porque no encuentra la toalla para bañarse; mi papá me reclama que no le acabo de traer los espejuelos de la óptica, como si la demora fuera culpa mía, y hasta el perro me ladra, pidiendo su comida.

Para suerte de los concurrentes, la gordita jamaliche concluyó la definición del menú y llamó al primero de la cola. El turno le correspondía a Esperanza, solo que antes de que diera un paso en dirección al mostrador, se le adelantó una jovencita con uniforme escolar.

-Tía, deme un chance que tengo que entrar a la secundaria y mi abuela se antojó de que le comprara el meprobamato.

Sin esperar respuesta, la chiquilla extendió la receta y el dinero a la empleada, y la pobre Esperanza se sintió ignorada, una vez más, para confirmar su teoría de que en esta bella tierra, en pleno siglo XXI, cualquiera puede ser invisible.

 

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