PENSAR A LO GRANDE CON CRISTÓBAL COLÓN

SI COLÓN SALE DE SU TUMBA…

Texto: Mercy Azcano                                                Ilustración: Martirena

Algo oscuro ocultaba el súbito llamado recibido por Lalo para que se presentara en la oficina del jefe. Si ya había entregado el informe del mes y no era su cumpleaños, de seguro lo acechaba alguna trampa mortal.

Con recelo se enfrentó a la fiera, aquello pintaba mal. Su desconfianza aumentó cuando, con voz melosa, Juanita la secretaria le brindó café. Tras beberlo de un golpe, y para disimular su nerviosismo Lalo bromeó:

-Mujer no hacía falta pasarlo por agua, pues acabo de someterme el control antidoping.

El jefe, al que no le hizo ninguna gracia el chiste, con cara de pocos amigos le dijo:

-Compañero Lalo, se me ha ocurrido la brillante idea de celebrar en la empresa un importante acontecimiento histórico: el encuentro entre dos mundos con la llegada de Colón a América en 1492. Y para ello necesito de Ud., una iniciativa con visión de futuro, que ponga de manifiesto el caudal de ingenio que atesora nuestro personal y que se ha reflejado en…

Durante más de media hora se extendió el hombre en su perorata. Solo que Lalo dejó de escucharlo. Estaba concentrado en maldecir su mala suerte y aguantar el dolor de estómago fulminante provocado por aquel “aguichirre”.

Dos días sin dormir, le costó al hombre generar la idea de un concurso para que los empleados sugirieran, a través de mensajes enviados por la Intranet, audaces proyectos que hubiera emprendido en la empresa el intrépido Almirante, de vivir en pleno siglo XXI.

“PENSAR A LO GRANDE”, tituló al concurso y difundió la convocatoria. De jurado propuso a su amigo Ismael, fanático de las ideas disparatadas; a Juanita la secretaria, que lo tenía entre ceja y ceja desde el día del café; y a Alfredo, el viejo asesor de la empresa, del que todos afirmaban había acompañado a Colón en su aventura náutica.

El propio Lalo envió su propuesta: crear un blog  al que todos tributaran las informaciones científicas más novedosas relacionadas con la informática. Sin duda, sería una fuente virtual de sabiduría para el colectivo.

Mucha gente se embulló con el concurso. Por los pasillos corrían las extrañas sugerencias, como la de quien animado por los Juegos Olímpicos de Barcelona, propuso encender el horno de la cocina-comedor con una flecha con fuego en la punta.

Otro, planteó que en lugar del consabido solapín, que debían exhibir para acceder a la empresa, se diseñara un tatuaje que identificara a los trabajadores y, de paso, se brindó para tatuar a Rosita, la económica, en una parte a la que definió como “cachete”, aunque todos intuyeran que no se refería, precisamente, al rostro de la hermosa muchacha.

Lucy, la del almacén, ideó un formulario que debería se rellenado por quien solicitara la llave del baño. En él figuraban, entre otras preguntas: qué necesidad se efectuaría (marcar la casilla 1: pipi; la 2: caca y la 3: otras, como fumar o poner los cuernos); el tiempo que tomaría llevarla a cabo (especificar el número de horas en el caso de ser estreñidos) y aclarar si se ejercitarían deportes en el curso del acto (tiro al blanco contra el retrete, para mejorar la puntería, o cuclillas sobre el inodoro).

La cantidad de mensajes recibidos y la diversidad de ideas, mantuvo ocupados a los miembros del jurado. Cuando por fin llegó el día de la premiación, los empleados expectantes, sudaban la gota gorda reunidos en el teatro (sin aire acondicionado).  El director se ensañó en su discurso de apertura, al remontarse a los Vikingos, a Colón y a los cinco siglos transcurridos, para tras una hora, anunciar al ganador del concurso.

El vencedor había sido Félix el electricista, por la actualidad de su proyecto relacionado con el cambio climático. En realidad, el jurado le había otorgado el premio sin entender mucho en qué consistía la idea. Pero en parte, por lo disparatado del resto de las propuestas, y en parte, porque ninguno leyó las cerca de cien páginas en las que él hombre argumentaba la necesidad de prestar atención a tan grave problema por sus efectos globales, le declararon ganador absoluto.

Al leer el acta del jurado, Ismael aprovechó para tracatanear al jefe por la iniciativa del concurso. Por fin, antes de verse abucheado por la masa, invitó a Félix a subirse al estrado para explicar su iniciativa.

Con aire triunfal el joven avanzó hasta el podio y entre aplausos inició su intervención:

“El mundo ha cambiado tanto que si el gran navegante viviera hoy se espantaría al ver como en el Polo se derriten los hielos a gran velocidad, crece el nivel de las aguas, los pingüinos y las focas mueren por millares…”

Al llegar aquí se dejaron escuchar murmullos de impaciencia. Pero el muchacho continúo imperturbable:

“En Europa las olas de calor han provocado perdidas de vidas humanas, y la nieve comienza a desaparecer…”

Acalorados, y no precisamente por el clima europeo los trabajadores empezaron a removerse en los asientos.

“Cálmense, que ahora viene lo bueno. Mi idea es que en el siglo XXI el Almirante habría viajado a América con la idea de que si en Europa se estaban derritiendo de calor, en esta parte del mundo pronto nos congelaríamos, así que propongo crear una Estación Invernal en la empresa, que permitirá a nuestros trabajadores y sus familias esquiar en las vacaciones, además de atraer al turismo, una vez que empiece a nevar en Cuba, debido al cambio climático”.

Tras oír tan “brillante idea”, Lalo se quedó congelado, y más aún cuando el director abrazó al chico, mientras le felicitaba por PENSAR A LO GRANDE…

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