QUIÉN ROBA LIBROS…

PA’ QUÉ COMPRAR LIBROS SI LOS AMIGOS TIENEN

Por: Mercedes Azcano                                                     Ilustración: Martirena

Desde que Lalo comenzó a trabajar en el departamento técnico de aquella empresa procuró recopilar toda la información novedosa, publicada a nivel mundial, sobre el desarrollo de las tecnologías en materia de la informática y las comunicaciones.

Se sentía feliz, porque cuando los usuarios lo acribillaran a preguntas, él dispondría de revistas, libros y boletines editados en diversos soportes, con los cuales enriquecer su bagaje de conocimientos, y ofrecer respuestas bien documentadas.

Poco a poco se hizo de una valiosa biblioteca, en la que invirtió, además del salario de muchos años, tiempo y esfuerzos, porque escribió a colegas de todo el mundo que con sus donaciones contribuyeron a engrosar los fondos bibliográficos.

Sin embargo, pronto se sentiría defraudado porque muy pocas de las preguntas que le formulaban requerían de su vasta erudición técnica. La mayoría consistían en: dónde está la ñ en mi teclado o por qué mi ratón inalámbrico carece de cable; sin contar la de: me c…en la puñetera tecla Delete, que me ha borrado la carta que acaba de escribir.

Para colmo, el apartamento de Lalo se había convertido en un almacén atestado de libros, destinados al uso de sus amigos. Ya no tenía ni un minuto de tranquilidad porque continuamente desfilaban por su hogar decenas de personas que solicitaban préstamos.

Un día decidió poner orden en aquel caos, estableció horarios y la regla estricta de que los materiales fueran consultados en su casa, para evitar que le fueran hurtados.

Muy pronto se arrepentiría de tal decisión, porque ahora, además de que apenas podía dar un paso entre la papelería, se veía obligado a comprar ron o refrescos, y servir de camarero a los socios que juraban venir a estudiar, cuando en realidad buscaban un lugar donde pasar los ratos libres.

A los estragos al bolsillo y la perdida de la privacidad, se sumó un estado alérgico que lo ató definitivamente al pañuelo. Entre toses y carrasperas se cohibía hasta de ir al baño, para vigilar sus tesoros documentales. Y ni que decir de las noches en vela por culpa de los desconsiderados que se envasaban frente a la computadora durante horas.

Por todo lo anterior, llegó el momento en que Lalo se hartó del cambio en su condición de propietario, a custodio de la biblioteca, y tomó la drástica determinación de librarse de ella.

Necesitaba deshacerse de los libros, pero no los vendería puesto que su pena innata le impedía triunfar como comerciante. Tampoco los obsequiaría para evitarse las broncas con los socios, que lo pondrían en tres y dos, a la hora de donar los volúmenes.

Como el que persevera triunfa, tras mucho romperse la cabeza encontró una ingeniosa forma de salirse con la suya. La táctica consistía en que cada vez que llegaba un visitante, Lalo lo acomodaba en el sofá frente al librero y buscaba un pretexto para dejarlo solo.

La probidad de los lectores se veía puesta a prueba de manera tal, que hasta los más íntegros cedían a la tentación. Las mujeres se llevaban los libros en los bolsos, mientras que los hombres los ocultaban entre las ropas. No era raro ver en pleno agosto a un tipo derretido dentro de un abrigo, apretando bajo el sobaco un diccionario de computación.

Bastaron tres meses para que le desvalijaran los estantes. Cuando por fin consiguió verse libre de los inoportunos, del polvo y de los ácaros, organizó una fiesta a la que invitó a todos sus amigos. En ella anunció la rotura definitiva de la computadora y la noticia de que a partir de ese instante sería él quien, cada vez que necesitara hacer una consulta los visitaría, así podría hojear sus antiguos libros y, de paso, pegar la gorra.

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