REGALOS TRAS LA PIZARRA

POR: MERCY                     ILUSTRACIÓN: MARTIRENA

¿Qué regalar en el Día del Educador?

¿Qué regalar en el Día del Educador?

El día del Educador (22 de diciembre) siempre había sido motivo de alegría para la familia, por eso Lalo se extrañó de la actitud de su sobrino Douglas al regreso de la escuela.  Como adoraba al niño, adivinaba sus cambios de humor con solo ver sus pasos: si brincaba como saltamontes, alguna buena nota había sacado; si en cambio, se arrastraba como una tortuga artrítica, alguna nube se cernía en el cielo infantil.
Aquella tarde, el chico venía más deprimido que nunca. Aplastado bajo el peso de su descomunal mochila (con más libros que una biblioteca) avanzaba con los hombros hundidos; la camisa sucia por huellas que habrían vuelto locos a los peritos de CSI. (lo mismo grafito de lápiz, que grasa de perritos de pollo); la pañoleta torcida; el pantalón caído y los tenis prendi’os, como solía decir Martica, su mamá.
Para colmo ni siquiera llegó directico a su “amigo el refrigerador”, a buscar la merienda; sino que se sentó en el sillón a rumiar la preocupación. Hasta Martica se extrañó de no oír el bullicio habitual, por eso se empeñó en averiguar el motivo de tal desanimo. Douglas confesó, al fin, que se había enterado de que sus amiguitos tenían tremendos regalos para los maestros, por el Día del Educador, mientras que él, ni un perfumito.
Lalo, sin un medio partido por la mitad, se preguntó que a quién se le habría ocurrido escoger el mes de diciembre para homenajear a los profesores, con tantos gastos y líos que se generan a fin de año.
Para disimular que estaba más atrás que los cordales, se aferró a la supuesta predicción maya. Argumentó que si el mundo se acababa el 21 de diciembre, no tendrían que cumplir compromisos con los docentes. Douglas, que aborrecía verse tratado como un bebé, se puso furioso.
En eso llegó Ismael, el amigo de Lalo, y cuando se enteró del asunto, se brindó muy entusiasta a aportar el obsequio: 25 almanaques del 2012, nuevecitos de paquete.
-¿Almanaques de este año, en diciembre? –inquirió Douglas.
-Sí, los he recibido como premio cada vez que gano un concurso de participación, y es que parece que todos los programas de la radio y la televisión se han puesto de acuerdo, así que a final de año cuento con mi buena provisión de calendarios.
Martica, siempre tan ingenua, propuso comprar entradas para el ballet.
-¡Tú estás loca! –gritó Lalo- para conseguirlas hay que hacer tremendas colas y fajarse con los revendedores que les ponen precio de oro.
-¿A ver, mi’jo? –intercedió Ismael- ¿qué van a regalar tus compañeritos?
-La mamá de Yumisleidis, una olla Reina; el papá de Yoandry, un reloj; el tío de Yenisley, un par de Adidas…
-Ñooo… ¿pero en qué trabajan esos padres, que están podridos en dinero?
-La de la olla es cuentapropista y tiene una cafetería; el del reloj, deportista y viaja, y el de los Adidas es gerente.
-El tablón esta altísimo –exclamó Martica.
-Es que mis maestros son buenísimos–alegó Douglas.
-Eso está claro –aseveró Lalo, imaginándose al frente de un aula con Douglas clonado veinte veces- pero la economía…
La carita del niño se arrugó como un frijol en remojo. Lalo se acordó de sus tiempos de escolar, cuando obsequiaba a sus maestros, lo mismo, un flan casero cocinado por su vieja, que un jabón o un tubito de desodorante. Claro, lo del desodorante era más complicado, porque para empatarse con él, había que comprar también un colador y una espumadera, en aquellos absurdos y disparatados “convoyados”.
Para aflojar tensiones Ismael trató de sacarle una sonrisa al niño:
-¿Fiñe, y si no vas a la escuela ese día y tu mamá te justifica con que tienes el mal de las vacas locas?
Antes de que Douglas reaccionara, Martica le puso fin al asunto:
-Mira mi’jo, si tus maestros son tan buenos como dices, se pondrán contentos con el cariño de sus alumnos, así que empieza a escribirles carticas con lo que piensas de ellos y les haces un dibujo, que ya tu tío Lalo les añadirá un detalle…
A sabiendas de que no sería abducido por extraterrestres antes de la fecha indicada, el “tío Lalo” quiso suicidarse, aunque para no defraudar al sobrino puso cara de cumpleaños.  El chico, aliviado, recobró la alegría y de un salto se puso delante del refrigerador, dispuesto a engullirlo con puerta y todo.

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