¡SILENCIOOO…!

INVASIÓN SONORA

INVASIÓN SONORA

TEXTO: MERCY     ILUSTRACIÓN: MARTIRENA

-¡Cógeme los huevos! –voceó el vendedor, y añadió en tono picaresco- con cariño y a dos pesitos.

Lalo, sentado en un muro mientras aguardaba el turno para pelarse, lo miró con cara de pocos amigos.

Este tipo es un amarga’o”, pensó el otro, y como si le leyera la mente, Lalo se dijo para sus adentros: No soy un amarga’o, lo que pasa es que el ruido me tiene hasta los…

-Huevooosss…lleva tus huevitos baraticos…-gritó el escandaloso.

Y el apesadumbrado Lalo se quedó cavilando en que el barrio se había convertido en un auténtico gallinero. Años atrás la bulla provenía, generalmente de la grey infantil. Vociferaban los apasionados jugadores de pelota, y también, los propietarios de las ventanas cuyos cristales sufrían el embate de las temporadas beisboleras.

Una que otra vez, alguna parejita anunciaba su boda o “suicidio” (al decir de los bromistas) con el claxon del auto nupcial. Pero ahora, la contaminación sonora del vecindario resultaba insoportable. Imbuido en sus pensamientos, Lalo no se había percatado de la proximidad de Ismael, su mejor amigo, quien lo saludó con un manotazo en el hombro:

-¿Cómo va la chapeadora, socio? –preguntó, refiriéndose al barbero.

-Con esos pela’os raros que le piden los chamas y la cantidad de gente que hay, creo que me agarra el lunes, en la cola.

Un energúmeno que acababa de llegar, lanzó un bramido que estremeció los cimientos del portal:

-¿El último?, ¿quién es el últimoooo…?

Un gracioso le respondió a voz en cuello: “El último eres tú, porque yo soy el penúltimo”. Lo que se dijeron después, por suerte nadie pudo oírlo, porque en la calle se cruzaron varios carretilleros. “Compre su plátano maduro y su buena cebollaaa…”, chillaba uno; en lo que otro, pitaba con un silbato e intercalaba su pregón: “Aquí su pan suave, calenticooo…”.

Lalo le comentó lo de la invasión sonora a Ismael, quien coincidió en sus opiniones:

-Figúrate, anoche mismo no pude dormir porque se disparó la alarma de la tienda de los bajos y nadie vino a apagarla, por suerte no se trataba de un robo, porque de serlo se habrían llevado hasta los clavos.

-A mí lo que me desvela es el perro del vecino, que toda la noche se la pasa ladrando en la azotea, el perro, no el vecino, aunque este es más animal que su mascota.

-Nada es comparable con los bafles de Yosvany, el muchachón de los bajos, y es que a todo volumen nos tortura durante horas con la música más pedestre.

-En eso discrepo –intervino Lalo- porque los días que pasé en provincia, en casa de mi tía Juana, la que vive frente a la terminal, sufrí en carne propia el escándalo de los cocheros, con sus borracheras y sus chistes groseros, durante toda la madrugada.

Justo en ese punto de la conversación, Ismael divisó a su vecina, quien acababa de asomarse al balcón del tercer piso del edificio de enfrente, y sin pensarlo le gritó:

-Maríaaa…, tírame la soguita con la jaba para ponerte el yogurt que te compreeé…

Aquello colmó la paciencia de Lalo. Ni corto ni perezoso, abandonó la cola de la barbería. Para qué pelarse, si gracias a la cabellera que le tapaba las orejas, aún conservaba los tímpanos.

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