EL PERIODISTA, LAS CARTAS Y UN MISTERIO POSTAL

caricatura costumbrista

Profesión: periodista

“Lo mío es la cultura o el deporte”, dijo el periodista recién graduado durante la entrevista con el director de la publicación. Y como el jefe ya estaba cansado de escuchar lo mismo de cuanto pichón le caía delante, se limitó a sonreír. Lo iba a bajar de las nubes, asignándole par de temas candentes, cuando irrumpió en la oficina el apasionado reportero que tramitaba las quejas de la población en la sección de correspondencia con los lectores.
El reclamo del hombre era que recibía muchas cartas y no tenía tiempo para procesarlas. Exigía ayuda de alguien más, de ahí que ni corto ni perezoso, el director aprovechó la ocasión para destinar al joven como asistente del redactor.
Sin creérselo, el muchacho adicto a las nuevas tecnologías, fan de las redes sociales, se encontró tras un buró cubierto de una montaña de correspondencia por tramitar. ¿Cartas por correo? ¿Manuscritas? Aquello le parecía un viaje al pasado en la máquina del tiempo. Resignado, se dedicó a seguir las indicaciones de su mentor.
Allí había de todo: personas quejosas del mal servicio, abusadas y estafadas en la adquisición de productos electrodomésticos averiados, campesinos indignados por el irrespeto a sus contratos con diversas entidades, gente aburrida del peor de los deportes “el peloteo burocrático”, y también, vivos a la espera de que una denuncia en la prensa les sirviera de tapadera para sus asuntos, mentirosos, locos y ególatras.
Al principio el muchacho se sentía extraviado, se perdía en aquella marea de historias y suspiraba por un buen reportaje o una crítica literaria. Con esa sección jamás ganaría reconocimiento público y sí muchos problemas, pues más de una vez había corrido a la salida del periódico para no encontrarse con un litigante encolerizado o un funcionario corrupto, expuesto en las páginas de la publicación.
Apenas si tenía tiempo para Twitter o Facebook. Cada vez que tropezaba con alguien, la persona aprovechaba para contarle sus calamidades y preguntarle si podría ayudarlo en la sección. Perdió a la novia porque sin poderlo evitar la abrumó con aquellas historias reales, pero increíbles, de gente que esperaba durante años por el asfaltado de su calle o por una instalación de agua.
Con el paso de los meses y los consejos de su jefe, aprendió a dar cauce a aquella catarata de correspondencia. A oxigenarse con las misivas de agradecimiento a médicos sensibles, a empleados afables y a personas solidarias. Porque allí también conoció a seres extraordinarios que al enterarse, por la sección, de la necesidad de una medicina, la donaban sin que mediara ningún interés material.
Aprendió de las trampas de los estereotipos, porque supo de taxistas aprovechados del bolsillo de los usuarios y de taxistas honestos que devolvían abultadas billeteras a clientes olvidadizos. Valoró el sabor a esperanza de las líneas que escribía, al deshacer entuertos y ver como aparecían las soluciones a longevos problemas, apenas unas horas después de ser publicados.
Se angustió, se indignó y sufrió junto a los lectores. Se espantó con la insensibilidad de muchos, se asombró de las pérfidas habilidades de aquellos capaces de rellenar con agua las botellas de ron selladas o falsificar documentos legales. La ocasión de reír también llegó y fue el día en que encontró una carta dirigida a su nombre, proveniente de Inglaterra.
Emocionado, abrió la misiva y la leyó, pues estaba escrita en español. La enviaba un joven estudiante inglés, que supo de la sección por unos periódicos que le obsequiara un cubano, al coincidir como delegados en un evento internacional. Narraba que en pocos días se hicieron amigos y al despedirse intercambiaron las direcciones. Pronto comenzaron a cartearse, porque el cubano vivía en un pueblito rural y no disponía de computadora.
En amable gesto, el inglés le envió por vía postal un paquete con algunos obsequios. Y para su sorpresa, a pesar de que el bulto reunía todos los requerimientos, no solo no llegó a su destino, sino que al cabo de unos meses fue devuelto a su remitente.
La sorpresa del inglés y el motivo de su carta era que el envoltorio estaba intacto, pero dentro, en lugar de los regalos encontró pepinos de agua vacíos, trapos sucios y periódicos viejos, y por supuesto no entendía aquel misterio.
El joven periodista tampoco se sentía capaz de explicar lo sucedido, aunque lo imaginaba muy bien. Así que publicó la misiva con la esperanza de que los indignos ladronzuelos sucios imitadores del mago David Copperfield, se avergonzaran de su acto de ilusionismo. Aunque nunca recibió respuesta, sí tuvo la satisfacción de que le escribieron el estudiante inglés y el cubano, para reafirmar su amistad y felicitarle como honesto periodista.
Tal vez aquello no fuera la sección de cultura o de deportes, como había soñado, pensó entonces el joven reportero, pero en sus letras había que alternar la delicadeza de unas zapatillas de ballet con el kimono de un karateca.

Nota: Sirva este cuento de homenaje a los periodistas que con pasión y profesionalidad dan voz a los lectores en la sección de correspondencia de la prensa cubana.

caricatura Martirena

 

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